El diseño también puede ser una herramienta política y social para la salvaguardia cultural: una forma de escuchar, representar y amplificar narrativas propias y antirracistas construidas desde los territorios y las voces de las comunidades afrodescendientes.
Desde distintos territorios del Pacífico colombiano, Madrinazgo Vichero propició el encuentro entre 108 maestras y maestros vicheros y 57 personas vinculadas al diseño y las áreas creativas para co-crear etiquetas de botellas de viche, uno de los requisitos para la obtención del Registro Sanitario Étnico ante el INVIMA, en el marco del Programa acelerador liderado por el Centro de Estudios Afrodiaspóricos —CEAF— de la Universidad Icesi.
El proceso convirtió las 108 etiquetas en espacios de representación para hacer visibles memorias colectivas, conocimientos ancestrales, legados familiares, paisajes, prácticas comunitarias y formas propias de relación con la naturaleza. Cada creación nació del diálogo entre los saberes del territorio y las herramientas del diseño, dando lugar a representaciones dignas y antirracistas de las personas productoras y de las comunidades vicheras, al tiempo que contribuye a abrir caminos de reconocimiento, justicia económica y salvaguardia de este patrimonio cultural de la nación.
Co-crear para volver imagen las memorias del territorio
Desde Timbiquí, la maestra vichera Tomasa Cristina Rojas Saa, del Consejo Comunitario Parte Alta Sur del Río Saija, trabajó junto al diseñador gráfico Ricardo Macía Lalinde, de Medellín, en una propuesta que convierte en imagen las memorias del paisaje vichero del Cauca.
La diversidad de la flora y la fauna, la relación entre naturaleza, trabajo y vida comunitaria, y el viche como una herencia que se cuida y se honra en el territorio hacen parte de la narrativa construida alrededor de esta etiqueta.
“Cuando era pequeña, mis padres se embarcaban a las parcelas a trabajar, pero siempre me iba con ellos para aprender a trabajar la tierra. Entonces llegaba al cañaveral y empezaba a mirar eso tan hermoso de rozar la caña y hacer muchas cosas con ella”, recuerda la maestra.
En su memoria permanece la historia de los caminos, las dificultades y las luchas que sus ancestros y ancestras atravesaron para preservar esta tradición. Un legado sostenido por raíces con el territorio y por una práctica que, generación tras generación, también ha representado desarrollo, autonomía y vida comunitaria: “Era fruto de su amor por la tierra, porque de allí obtenían el sustento de la familia y se impulsaba el progreso en la Costa Pacífica”, concluye.
Etiquetas para narrar lo que el mercado suele invisibilizar
Desde el Consejo Comunitario de Pindaza, en Nóvita, Chocó, la maestra vichera Yenny Moreno Córdoba y la ilustradora y diseñadora Diandra Rodríguez Armas, de Lima, Perú, trabajaron en la creación de la etiqueta para Viche Yepamo.
La propuesta pone en primer plano el esfuerzo físico, los conocimientos ancestrales y el trabajo colectivo que existe detrás de cada botella: jornadas bajo el sol, entre ríos y cañales, y una práctica sostenida históricamente por mujeres afrodescendientes.
La diversidad de la flora y la fauna, la relación entre naturaleza, trabajo y vida comunitaria, y el viche como una herencia que se cuida y se honra en el territorio hacen parte de la narrativa construida alrededor de esta etiqueta.
“Esto es muy duro, a veces, el trabajo de la caña. Porque la cargada… usted se imagina, o nos imaginamos, la carga de la caña del cañal, llevarla al trapiche. A veces la caña no queda en los puestos para que directamente sea solo meterla a la máquina. Desde donde uno la pone, le toca otra vez levantarla y ubicarla en un lugar cercano y, de una vez, meterla al trapiche”, afirma la maestra.
Reconocer el valor del viche implica también avanzar hacia formas más justas de comercialización que dignifiquen el trabajo y los conocimientos de las familias productoras.
“Muchos compradores de viche no conocen el trabajo y tiempo que invertimos en todo el proceso. Además, prestamos o alquilamos embarcaciones para sacar el producto al comercio en Istmina, Condoto, Andagoya y Quibdó”, concluye.
Representaciones antirracistas de las maestras y comunidades vicheras
Desde el Consejo Comunitario de la Comunidad Negra del Alto y Medio Río Dagua, en el corregimiento de Triana, Buenaventura, la maestra vichera Olga Román Asprilla y el maestro en Artes Plásticas Romario Paz Gómez, de Cali, construyeron la identidad visual de Viche El Yolandazo.
La etiqueta es un homenaje a las mujeres que han sostenido este legado. La abuela y la madre de Olga, Yolanda, le transmitieron los conocimientos asociados a la destilación y preparación del viche. Con ingenio y recursividad, estas mujeres preservaron saberes e hicieron del cuidado de la tradición una forma de pervivencia cultural.
“Me siento orgullosa de estos saberes que dejaron nuestros ancestros y ancestras, y de lo que hemos logrado las familias y mujeres productoras. Llevo más de 40 años en este proceso”, afirma Olga Román Asprilla.
En ese mismo territorio, la maestra vichera Bárbara Celorio y la ilustradora y muralista Eliana Zapata, de Cali, dieron vida a la etiqueta de Viche Barlú. Juntas tejieron una pieza que recoge el legado familiar del proceso de destilación, la transmisión del saber entre generaciones y la vida comunitaria en armonía con la naturaleza.
“El viche es una bebida ancestral que viene de generación en generación. Anteriormente tenía un proceso de destilación complicado para nuestros padres y abuelos. Era una bebida ilegal. Entonces ellos se internaban en el monte, porque los celadores llegaban, botaban el guarapo y se llevaban a la cárcel a nuestros abuelos”, recuerda Bárbara Celorio.
Diseño que destila justicia económica
Las luchas históricas de los pueblos afrocolombianos también están presented en Viche Memorias 1851, resultado de la co-creación entre la maestra vichera María Victoria Liu Plaza, del Consejo Comunitario del Alto y Medio Río Dagua, en Triana, Buenaventura, y Silvana Cano, maestra en Artes Visuales de Medellín.
La propuesta reconoce la fuerza de las mujeres afrodescendientes que han sostenido esta tradición en medio de la estigmatización, la persecución, el racismo estructural y las violencias históricas asociadas al viche.
“El viche hace parte de nosotros. La abuelita de mi hijo sí sacaba viche, pero monte adentro, porque eso lo perseguían mucho. Uno veía las penurias que pasaban esas mujeres por allá, pero eran ellas quienes lo sacaban. A mí me quedó la espinita del viche, la ancestralidad y todo lo que eso conlleva”, afirma María Victoria Liu Plaza.
Desde su territorio, la maestra destaca además el papel de las mujeres en la salvaguardia de este patrimonio cultural: “El viche nace de la unión de las mujeres. Esperamos que en los próximos años muchas más se sumen a esta tradición”.
Para las maestras y maestros participantes en el Madrinazgo Vichero, el viche está estrechamente ligado a las economías propias y a las formas de vida del territorio. En este sentido, el proceso de co-creación contribuyó a que las historias detrás de cada botella tengan un lugar visible y digno en los circuitos de comercialización.
Así, el diseño se convierte en una herramienta para la construcción y transmisión de memorias colectivas y para el fortalecimiento de narrativas propias y antirracistas del Ecosistema Vichero. Una apuesta que articula cultura, sostenibilidad, justicia económica, justicia epistémica y justicia étnico-racial, y que aporta a la construcción de aperturas democráticas sustantivas en el Pacífico colombiano.